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Niños sin futuro

Daniel Mocarte

Poco a poco, una nueva crisis humanitaria se venía cocinando entre Centroamérica, México y Estados Unidos. Las víctimas son niños que emigraron solos, desde sus países sin futuro discernible, de la mano de contrabandistas. El gobierno del

Presidente Obama recién fijó la cifra en más de 60 mil y dijo que 47 mil de ellos cruzaron la frontera en los últimos ocho meses. Este éxodo de menores aumenta por semana. Y con él los graves problemas que acarrea, principalmente para ellos, desde luego. Pero también para los países por donde pasan en su traumático peregrinaje hacia la tierra de promisión. Y para Estados Unidos. No es fácil entender por qué no se dispararon las alarmas antes. Pero ahora que se han disparado llegó el momento de buscarle paliativos a la crisis. Soluciones blandas pero efectivas que demuestren que estos niños infortunados realmente importan a las sociedades de donde provienen. Y a la nuestra que hoy los recibe entre perpleja y alarmada.

Como lamentablemente suele ocurrir, nos hemos enterado del drama de los niños migrantes gracias a denuncias hechas por medios de información, especialmente el Houston Chronicle. El diario texano le ha puesto nombres, apellidos y rostros. Ha revelado que algunos han denunciado abusos físicos, especialmente sexuales, durante su peregrinaje hacia Estados Unidos y en centros de detención en Texas, Nueva York, Illinois y, ay, nuestro propio estado. Y ha dicho mucho más. Por ejemplo, que ningún empleado de esos centros ha sido procesado a pesar de que una ley de 2008 declaró “delito’’ cualquier contacto sexual con personas que se hallen en la custodia de las autoridades. De esta manera, una situación vergonzosa, que comienza en los países de origen de los jóvenes inmigrantes, se prolonga y agrava en nuestro propio suelo. Y a pesar de que autoridades locales han investigado denuncias, el típico resultado ha sido la impunidad.

Es verdaderamente patético que nuestro gobierno solo reaccione ante crisis humanitarias como ésta, que involucra a menores indefensos, cuando la prensa lo llama a contar. Pero ya que se ha visto obligado a reaccionar debería hacerlo con la inteligencia, prudencia y compasión que requiren las circunstancias. Este viernes el vicepresidente Biden lleva el mensaje a Centroamérica de que su gobierno espera algo más que retórica de los países que empujan incluso a sus niños a la emigración desesperada. En vista de que al parecer las clases políticamente vivas de la región no lo hacen, se impone que Washington pida cuentas a los gobiernos centroamericanos por este nuevo, o renovado, drama humanitario. Esos gobiernos, y las sociedades a las que ellos representan, tienen la responsabilidad de crear condiciones que eviten los actos desesperados que cometen estos niños por iniciativa propia o impelidos por sus familias. Esa obligación pasa por alimentarles adecuadamente, garantizarles una educación decorosa, generar empleos y fortalecer el estado de derecho.

El vicepresidente también porta el mensaje de que los niños extranjeros que están llegando no calificarían para permanecer en Estados Unidos mediante la hipotética reforma migratoria. Y se les colocaría en la lista de deportables. Nuestros líderes sospechan que muchas familias centroamericanas los están enviando con la esperanza de que se acojan a la elusiva reforma. Su preocupación es razonable. Cualquier estrategia de ese tipo revertiría el progreso que se ha hecho para controlar mejor nuestras fronteras. Pero a la vez el vicepresidente debería comprometerse con los líderes centroamericanos a tratar con dignidad a los jóvenes migrantes, a evaluar sus casos uno por uno y a garantizar que se les facilitará una ordenada reunificación familiar. Nada contribuiría tanto a obtener la cooperación de los gobiernos aliados que predicar con el ejemplo.

Solo la desesperación y la falta de perspectivas de futuro explican por qué tantos padres centroamericanos ponen en peligro la seguridad de sus hijos enviándoles solos a Estados Unidos. Pero, desde tiempos inmemoriales, los emigrantes calculan los riesgos y lo que pueden conseguir en la tierra prometida por comparación con lo que dejan atrás, no con lo que consideramos razonable quienes ya gozamos de lo que ellos no tienen. Estados Unidos y sus amigos centroamericanos tienen ahora la oportunidad, y el deber, de trabajar juntos para mitigar la desesperanza de tantas familias infortunadas.

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