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Hace algunos meses nos referimos a la solemne inutilidad de la OEA, como también de la ONU, para resolver los problemas político- diplomáticos de sus países miembros. Ahora, vemos cómo a medida que han transcurriendo los sucesos, el tiempo nos está dando la razón. O si no vemos lo que ha venido ocurriendo con Honduras. Recordemos cómo hace unos tres meses largos, cuando la OEA expulsó a Honduras como país miembro de ese organismo, el
Secretario General, Miguel Insulza, viajó a Tegucigalpa con ínfulas y haciendo un claro alarde de prepotencia. Recordemos cuando dijo a la prensa que iba a ese país centroamericano, pero no a negociar ya que – según afirmó en aquella ocasión – en Honduras no había nada qué negociar. Y con la más olímpica y apoleónica arrogancia, declaró a la prensa que solamente iba a exigir que Roberto Micheletti restituyera el poder a Manuel Zelaya. Y punto. Ahora, transcurridos ya varios meses, vemos como Insulza ha tenido que agachar la cabeza, tratando de negociar y buscar un mayor acercamiento con Micheletti, debido a que se dio cuenta de que la Organización de Estados Americanos (OEA) carece de herramientas institucionales, que puedan surtir algún efecto legal o jurídico. En otras palabras, Insulza se dio cuenta de que la OEA, como también la ONU, no es más que un elefante blanco, que en el fondo no sirve sino para tres cosas: para nada, para nada y para nada. Y no solo en el caso de Honduras. También tenemos el caso fehaciente de Venezuela, donde los derechos civiles, y hasta los derechos humanos, se han visto pisoteados por el régimen dictatorial del presidente Hugo Cháves. Tanto la oposición como los estudiantes venezolanos, han solicitado en varias ocasiones, incluso con huelgas de hambre, la intervención directa de la OEA, para que su Secreterio General o alguna delegación, visite ese país y pueda empaparse de primera mano sobre la brutal embestida que está ocurriendo contra dicho pueblo. Pero Insulza ya les salió al paso diciéndoles que la OEA solamente tiene jurisdicción diplomática entre los países y, que por lo tanto, no tiene incumbencia en sus problemas internos, lo cual es una buena salida diplomática, pero en el fondo – además de la clásica ineptitud de Insulza – la realidad es que la OEA no cuenta con instrumentos suficientemente válidos que pudieran hacer algo en la defensa del pueblo venezolano. Entonces nos preguntamos: ¿Para qué la OEA? ¿Qué o quiénes pueden defender a un pueblo que se encuentra pisoteado por un régimen brutalmente autocrático como el de Venezuela? ¿Para qué existe entonces, el Departamento de Derechos Humanos, tanto de la OEA como de la ONU? Y en el caso de Honduras: ¿Para qué tanto cacareo diplomático, si ya se sabe que ni la OEA, ni la ONU pueden hacer absolutamente nada?
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