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(EFE). — Galicia es una región del noroeste de España muy conocida en América. De arraigada tradición marinera, a partir de principios del siglo XX desde aquella zona fronteriza con Portugal emigraron cientos de miles de personas hacia tierras del Nuevo Continente, empujadas por la falta de trabajo en sus ciudades y aldeas, los graves problemas económicos que padecían las familias, las dificultades de comunicación con el resto del país por la orografía del terreno, el exceso de población y la estructura caciquil de una sociedad anclada entonces en la Edad Media y ajena al progreso.
En Argentina, Uruguay, Chile, Brasil, Venezuela, México y
EE.UU. es fácil encontrar hoy a multitud de personas de ascendencia
gallega, hijos y nietos ya asentados en esas latitudes de aquellos
emigrantes del pasado siglo que cruzaron el océano a bordo de vapores
en busca de una vida mejor.
Afortunadamente, las circunstancias en
Galicia también han cambiado mucho desde entonces. De acuerdo con los
datos macroeconómicos recientes, la región ha aumentado un 4,5 su
crecimiento y una de las razones de este incremento son las nuevas
infraestructuras con que fue dotada a partir de 1980 y que permiten una
comunicación rápida con el resto de la Península Ibérica.
El aumento
del empleo y el acceso de la población a la educación y la salud han
contribuido también al bienestar general.De Galicia es natural el
empresario Amancio Ortega, propietario de la cadena mundial de
establecimientos textiles Zara y que ostenta el título de hombre más
rico de España.
Además, en la región se han radicado numerosas empresas
internacionales junto a las que ya existían, sobre todo del sector
agroalimentario y pesquero, que han contribuido a borrar el estigma de
Galicia de región pobre y atrasada.
Esa mejora en el bienestar general
se ha traducido en una esperanza de vida para los habitantes de Galicia
con los mayores índices en el conjunto de España: más de 84 años las
mujeres y cerca de 80 los hombres. Algunos especialistas en nutrición
creen que esta elevada media de vida de los nacidos en esa zona del
noroeste de España obedece a la dieta atlántica que siguen, considerada
tan saludable como la mediterránea, al estar integrada por proteínas
tan excelentes como el marisco y el pescado, impregnados de grasa
Omega-3 muy beneficiosa para el corazón y el cerebro.
El jefe del
servicio de Endocrinología, Metabolismo y Nutrición del Hospital San
Carlos de Madrid, Aniceto Charro, considera que este régimen
alimenticio que siguen sus paisanos reduce en un 25 por ciento la
mortalidad en cualquier patología, por lo que insta a los políticos y a
los nutricionistas gallegos a que hagan esfuerzos para dar a conocer
las ventajas de la dieta atlántica.
Este tipo de dieta también es habitual entre los habitantes del norte
de Portugal y en Asturias, región vecina de Galicia por el este, donde
el pescado y los frutos de la huerta abundan y permiten una
alimentación sana y equilibrada.
Ante los elevados casos de longevidad en la zona, la Organización
Mundial de la Salud (OMS) ya ha comenzado a interesarse muy vivamente
por este tipo de dieta y a compararla con las que se siguen en Japón,
donde el número de personas centenarias es el más elevado del mundo y
donde el consumo de pescado crudo parece haber influido decisivamente
en ese incremento de la esperanza de vida.
La dieta mediterránea tiene mejor prensa en el mundo porque se ha
sabido vender mejor pero Charro recuerda que, mientras en Galicia se
incrementa la esperanza de vida, en la zona mediterránea española
disminuye “en meses” el tiempo de vida.
En declaraciones el catedrático subraya que existe “una base muy fuerte
para poder demostrar que la alimentación que tenemos es excelente y tan
buena como la mediterránea”, y apoya sus aseveraciones en que la dieta
atlántica está integrada por “proteínas excelentes” como el pescado y
el marisco, que tienen la grasa Omega-3, “la mejor que se puede comer
para el corazón, el cerebro y también para las embarazadas”.
Pero en este apartado positivo también incluye la carne de ternera, que
tiene “muy poca grasa”, y hasta el cocido gallego “al que ya conocemos
como el olivo andante, porque su grasa se parece a la del aceite de
oliva”.
Además están las legumbres que se consumen en Galicia, con una proteína
vegetal “excelente”, así como la leche y los quesos, que aunque
contienen grasa saturada, el doctor recuerda que tienen la ventaja de
poseer “una enorme cantidad de minerales y de calcio, que para las
embarazadas, los niños o las personas mayores son excelentes para el
control del esqueleto”.
La dieta mediterránea comenzó a cobrar impulso en torno a los años 70
del pasado siglo cuando se publicó un estudio sobre el tipo y
proporción de grasa en la alimentación en relación a la incidencia de
enfermedades cardiovasculares en Europa. Los datos indicaron que los
finlandeses eran los ciudadanos del Viejo Continente que mayor
incidencia sufrían de estas patologías, a causa del 40 por ciento de la
dieta derivada de las grasas que consumían, frente a unos índices
menores en los naturales de países bañados por el Mare Nostrum.
Los estudiosos atribuían la diferencia esencial al empleo masivo de la
mantequilla por parte de los escandinavos frente al aceite de oliva de
los mediterráneos. Así empezó el culto a este producto entre los
nutricionistas, ocasión que fue aprovechada por los fabricantes para
esmerarse en la elaboración y, de paso, aumentar sus precios.
El aceite de oliva contiene casi exclusivamente ácido oleico, un ácido
graso monoinsaturado que tiene un efecto más beneficioso que la de los
ácidos grasos poliinsaturados. En la actualidad, además del aceite de
oliva, en la dieta mediterránea van incluidas las legumbres, los frutos
secos, todo tipo de verduras —crudas en ensalada, hervidas, a la
plancha, maceradas en aceite—, las frutas, el queso fresco, el pan, los
cereales y, sobre todo, el pescado, en especial el azul.
No es una dieta muy rica en proteína, tiene un considerable aporte de
“grasa buena” —por el aceite de oliva— y ofrece toda una sinfonía de
sabores, gracias a los distintos ingredientes y especias para elaborar
sus platos, como orégano, albahaca, ajo, cebolla, pimiento, etc.
Aunque la dieta mediterránea es bastante equilibrada y completa, los
nutricionistas coinciden en que no es ni la panacea ni la única manera
de alimentarse juiciosamente, aunque constituye una excelente base
nutritiva para construir después una dieta más avanzada y rica.
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