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Pienso que uno siempre debe tratar de remozarse, no sólo físicamente, sino también emocional, y, sobre todo, espiritualmente. Más aún cuando estamos a las puertas de un nuevo año, que es todo un desafío, pero que sin embargo, todos queremos empezarlo con nuevos bríos y esperanzadoras expectativas.
Así pues, además de dedicarnos al tradicional saludo de Navidad y Año
Nuevo (que muchas veces no pasa de ser un simple bla,bla bla, sin
contenido por dentro), debemos también mirar un poco más lejos, sobre
todo tratándose de las cosas de Dios. ¿Por qué, por ejemplo, con motivo
de la Navidad y el Año Nuevo, no elevar oraciones al cielo para que el
Todopoderoso nos cobije y proteja cada vez más con sus divinas alas?
¿Por qué en estas festividades no pronunciar la oración más hermosa que
se ha escrito en la Humanidad a través de todos los tiempos, como lo es
la de San Francisco de Asís?
Y es con esa oración precisamente que queremos despedir el Año Viejo y
comenzar el Año Nuevo. Para quienes no sepan esta oración o no la
tengan a la mano, dice lo siguiente:
“¡Oh Señor! haz de mí un
instrumento de tu paz; que donde haya odio, yo lleve Amor; donde haya
ofensa, lleve el Perdón; donde haya discordia, lleve la Unión; donde
haya duda, lleve la Fe; donde haya un error, lleve la Verdad; donde
haya desesperación, lleve la Esperanza; donde haya tristeza, lleve la
Alegría; donde haya tinieblas, lleve la Luz.
“¡Oh Maestro! haced que yo no busque tanto ser consolado, sino
consolar; no ser comprendido, sino comprender; no ser amado, sino amar;
porque: dando es como se recibe; perdonando, es como se es perdonado; y
muriendo, es como se resucita a la Vida Eterna”. San Francisco de Asís.
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