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La difícil vuelta a la civilización de los hombres de la selva vietnamitas

Ho Van Thanh, 83 años, y su hijo Ho Van Lang, 46 años, se adaptan con dificultades a su nueva vida en una aldea del centro del país.

Ho Van Thanh, 83 años, y su hijo Ho Van Lang, 46 años, se adaptan con dificultades a su nueva vida en una aldea del centro del país.

Tay Tra (Vietnam), (EFE).- Dos años después de regresar a la civilización tras cuatro décadas aislados en la jungla de Vietnamit, Ho Van Thanh, 83 años, y su hijo Ho Van Lang, 46 años, se adaptan con dificultades a su nueva vida en una aldea del centro del país.

El anciano, un veterano del Ejército norvietnamita durante la Guerra de Vietnam, huyó con su pequeño de tres años a la jungla cuando su casa fue bombardeada en 1972 y perecieron su madre y dos de sus cuatro vástagos.

Su esposa sobrevivió y se quedó sola en la aldea de Tay Tra con el hijo menor, Ho Van Tri, que hoy se ocupa de su padre y su hermano perdidos durante más de 40 años.

“Solía ir a verles a la selva dos veces al año, les llevaba un paquete de sal o herramientas y comprobaba que se encontraban bien pero no hablaba con ellos porque mi padre no dejaba que nadie se acercara. Perdió la cabeza durante la guerra y ni siquiera sabe que soy su hijo, cree que no sobreviví a las bombas”, explica Tri a Efe.

Los dos “robinsones”, llevados de vuelta a la aldea a la fuerza en agosto de 2013, se sientan con la mirada perdida en la modesta casa que las autoridades locales les ofrecieron para facilitar su retorno a la sociedad.

“Al principio Lang se asustó por estar en un edificio de cemento. Él solo conocía la choza que tenían en un árbol en la selva, pero ya se ha acostumbrado”, dice Tri.

El anciano, tuerto y con dificultades auditivas, parece ajeno a la conversación, sentado en cuclillas sobre la cama.

“Se niega a hablar, pero le oímos cantar cuando se queda solo en casa”, dice Tri.

Pese a criarse en la jungla, su hijo Lang se ha adaptado a la nueva vida mejor que su progenitor. No conoce el idioma vietnamita, pero habla con sus vecinos en la lengua minoritaria “cor” que aprendió de su padre y consigue algunos ingresos trabajando en el campo o recogiendo leña.

“Él ya sabía labrar porque en la selva tenían una pequeña plantación”, explica Tri, que ejerce de portavoz, ya que Lang sólo puede mantener conversaciones básicas.

Mientras Tri relata las dificultades que su hermano vivió al principio para aprender a vestirse (en la selva solo llevaban taparrabos fabricados con hojas) o para entender el funcionamiento del dinero, Lang permanece sentado, con la espalda tiesa y la mirada fija e inexpresiva.

De vez en cuando se le cierran los ojos, aburrido por una conversación que no entiende y apenas interpela a su hermano una vez en más de dos horas.

“Por la tarde quiero ir a recoger hojas de té para hervirlo”, le comenta, sin que parezca afectarle el revuelo armado en la aldea ante la llegada de visitantes.

El té es uno de sus descubrimientos desde que volvió a la civilización, pero su verdadera predilección son las galletas, los tallarines y los cigarrillos.

“En la selva fumaba el tabaco que cultivaban, pero ahora prefiere los cigarrillos normales. Se ha adaptado muy bien a la nueva comida y no quiere volver a la selva”, asegura Tri.

Si hay algo que aún le fascina dos años después de su llegada al pueblo es la televisión.

“Al principio se quedaba mirando el aparato, sin atreverse a tocarlo. Ahora ya sabe encenderlo y pasa varias horas al día viendo películas o actuaciones musicales. No entiende el idioma, pero le encanta ver las imágenes”, dice Tri.

Con otros ingenios la adaptación fue más costosa, especialmente con las motos, cuyo petardeo le provocaba pavor.

“Ahora ya monta de pasajero, pero no se atreve a conducirlas”, comenta el hermano.

Los lugareños lo tratan con condescendencia, como si fuera un niño de 46 años, y dan por hecho que hay cosas que nunca aprenderá.

Aunque algunas tardes se reúne con sus compañeros de labranza, le tienen prohibido probar la cerveza u otras bebidas alcohólicas por miedo a que pierda el control.

“Una vez bebió un poco y se puso a decir cosas sin sentido”, relata Tri.

Tampoco sabe leer y todos aceptan que es demasiado tarde para enseñarle.

A la pregunta de si desde su retorno se ha relacionado con alguna mujer o se ha planteado formar una familia, la decena de curiosos arremolinados alrededor de su casa no puede reprimir una carcajada.

Su hermano Tri también sonríe y responde en su nombre: “Alguna vez comentó algo, pero ya es demasiado viejo. Además, ninguna mujer del pueblo se ha interesado por él”.

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