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Educar a los hijos en el valor del esfuerzo

La mayoría de los padres dice que quiere que sus hijos sean valerosos, se esfuercen por conseguir las cosas y afronten los vaivenes de la vida; sin embargo, algunos evitan que sus hijos realicen esfuerzos, hagan renuncias y se desenvuelvan en ambientes con algo de incomodidad.
Suplir todos los deseos de los hijos y realizar acciones que ellos mismos están en capacidad de llevar a cabo, son algunos de los errores que más daño provocan en la crianza. Cuando los hijos crecen sin saber lo que significa el valor del esfuerzo, no aprenden más que a recibir e ignoran el valor de luchar por algo que se desea, son carentes de fortaleza y lo más seguro es que les cueste aceptar las contrariedades que se les presentan. Asimismo, los niños que han sido sobreprotegidos por sus padres, suelen mostrarse inseguros, poco autónomos y a menudo se ven afectados por la incapacidad para sortear inconvenientes. Por eso, virtudes como la reciedumbre, la templanza y la fortaleza, ayudan a propender por la formación humana de los hijos, siendo efectivos seguros para la vida joven y adulta.

 

Grandes virtudes

La reciedumbre y la fortaleza son virtudes que nos ayudan a aceptar lo que nos ocurre, no pasivamente, sino con deseos de sacar algo bueno de las situaciones dolorosas. Y la templanza es un gran soporte ante las dificultades que se encuentran en el camino. Por lo tanto, inculcar en los hijos estas virtudes, es prepararles para la realidad de la vida, para asumir todos los retos de la misma supervivencia.

Sin embargo ni la fortaleza, ni la reciedumbre se dan gratuitamente. Hay que irlas formando, día a día. Es un trabajo en el que se dominan pequeñas cosas que exigen un esfuerzo, tales como levantarse a la hora determinada, privarse de algún capricho, sacrificarse para servir a otros. Habrá que exigirle a los hijos desde muy pequeños: desde el bebé que llora por antojo, hasta el adolescente que se pone de mal humor por algo sin trascendencia.

 

He aquí algunas ideas que ayudarán a fomentar la fortaleza y la templanza en los hijos:

 

– Animarles desde pequeños a que ofrezcan sacrificios, aprovechando las oportunidades que se presentan en la cotidianeidad.

– Enseñarles a afrontar con positivismo las contrariedades.

– Exigir constancia y calidad en el trabajo y en las horas de estudio. No fomente la “ley del menor esfuerzo”.

– Ante un dolor físico o pequeñas enfermedades, no obsesionarse con ellas, ni darle más atención de la que necesita, hay que enseñar a los niños a no quejarse más de la cuenta.

– Impulsarles a que realicen actividades deportivas que les exijan sacrificios y constancia.

– Hacer excursiones en familia que les ayuden a ser más fuertes, como por ejemplo acampar, ir de pesca, caminatas a las montañas, etc.

– Dar mucha importancia a la lucha para vencer los defectos de carácter, como por ejemplo aprender a controlar el mal genio o la impaciencia.

– Programar menús en los que entren cosas que gustan menos, para acostumbrarles a comer toda clase de alimentos.

– Enseñarles a que se sirvan la comida no siempre eligiendo lo mejor para ellos.

– Enseñarles a tomar un poco menos de lo que más les apetece.

– Enseñar a que no desprecien la comida. Insistir racionalmente.

– Que aprendan a no dar excesiva importancia a una situación de escasez, incomodidad, etc.

– Explicar siempre el porqué de la reciedumbre y cómo hay que hacer cosas concretas para adquirirla.

– No ceder ante todo lo que los chicos piden. Limitar regalos para ocasiones especiales.

– Si hay varios hermanos, que se acostumbren a “heredar” ropa o cosas que queden en buen estado.

– Evitar que la moda les esclavice. A veces, cuando son pequeños y no tienen capacidad de elegir, son los padres los que se “proyectan” en los hijos para ir a la “última”.

– Que se ocupen del cuidado material de su ropa. Doblarla, guardarla, prepararla para el día siguiente, etc.

– Que se enteren del precio que tiene la ropa que se les compra. Que se den cuenta de que, aunque nos gusta más una cosa que otra, es necesario a veces elegir la más económica.

 

Por último, como padre no se queje ante nadie de los trabajos, molestias y demás inconvenientes que acarrean los hijos, pequeños, medianos o mayores; no es una actitud que demuestra fortaleza, templanza y reciedumbre; enseñanzas que queremos fomentar en los hijos para evitar que sean “merengues”.

 

Fuentes: Catholic, ACI

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