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A propósito de Colombia: ¿El mundo se está volviendo loco? 

Tal parece que el mundo cada vez se está volviendo más loco. O si no echemos un vistazo a lo que está sucediendo en Colombia con motivo del proceso de paz que se está llevando a cabo en la Habana, entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y los narcoterroristas de las FARC .

También  lo que se les ha ocurrido ahora a los señores del premio Nobel de la Paz de Noruega, nominar nada más ni nada menos que a “Timochenko”, comandante de las FARC,  la organización criminal reconocida no solo por los Estados Unidos sino también por los 28 países de la Unión Europea, como el cartel de tráfico de drogas más grande del mundo, y que según el Wall Street Journal, genera un promedio de 600 millones de dólares al año. Aún se ignora si la gestión de la nominación fue hecha a hurtadillas por el propio presidente Santos para complacer a los narcoterroristas, a quienes en La Habana les ha otorgado casi todo lo que le han pedido,  no solo a cambio de dejar de cometer masacres, asesinatos y traficar con estupefacientes, sino también para que le  firmen el acuerdo de paz y de esa manera no pasar a la historia como un presidente fracasado y que hizo el ridículo ante todo el mundo.  Por eso ha hecho todo cuanto ha estado y no ha estado a su alcance, hasta utilizando su poder ante las altas Cortes para que el narcotráfico sea reconocido como un delito político y no criminal, como en efecto lo es y así lo establecen las legislaciones civilizadas de todo el mundo. Y lo más lamentable es que Santos ha hecho todo aquello sin importarle la dignidad de su país con tal de quedar bien con los criminales y de esa manera salvar su pellejo político ante la historia. Por eso lo dijo muy apropiadamente y en forma patriótica el expresidente Alvaro Uribe: “El presidente Santos ha entregado la patria a los terroristas”.

Es que hagamos una sinóptica retrospección de los asesinatos y las barbaries más inhumanas que han cometido las FARC contra civiles indefensos,  como niños, mujeres, ancianos y campesinos, inclusive utilizando armas no convencionales como cilindros, que han sido arrojados hasta en iglesias, como ocurrió en la región de Bojayá, en la Costa Atlántica, donde murieron 85 personas inocentes y otras cuantas quedaron mutiladas, sin piernas, ni manos. Y qué decir de las minas antipersonas, o “quiebrapatas”, que han sido colocadas hasta en los campos de las escuelas, y que también han dejado mutilados a cientos de soldados y de igual forma a campesinos inocentes.

¡Cuánto dolor, cuánta sangre, cuánta orfandad y cuántas lágrimas han causado estos narco-terroristas en su país durante sus 50 años de terror! Hasta el punto de que, según la Comisión de La Verdad, son 220 mil las víctimas las que hasta ahora han caído por culpa de ellos, y que por cierto, según lo ha  dicho alias Iván Márquez,  jefe negociador de las FARC en la Habana, ellos no pedirán perdón por esos crímenes, ni tampoco pagarán un solo día de cárcel, como en efecto ha sucedido, gracias a la llamada justicia transicional que ha implementado en el proceso de paz el presidente Juan Manuel Santos para que todo quede en la impunidad. Gracias a esa figura jurídica, los narco-terroristas han sido “premiados” con todas las garantías constitucionales, judiciales e institucionales. Y entre muchas otras prebendas, hasta les otorgarán gratuitamente,  según lo dejó entrever el propio presidente Santos,  varias curules en el Congreso de Colombia, sin que tengan que para ello tengan que mover un solo dedo ni aportar un solo voto. Los negociadores de las FARC en la Habana, sabedores de la debilidad y miedo patológicos del presidente Santos, y teniendo en cuenta que se ha entregado a ellos como una santa paloma, llegaron hasta a pedirle que se revisara nada menos que la doctrina militar de las Fuerzas Armadas de  Colombia, sobre cómo debían operar militarmente. También pidieron últimamente que la prensa nacional deberá ser motivo de revisión y “democratización”, como si la prensa hiciera parte del engranaje institucional del gobierno.  Y aún más, para cerrar definitivamente el acuerdo de paz, igualmente han pedido, según el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez,  que sea judicializado el expresidente Alvaro Uribe, como una retaliación por la forma tan férrea cómo los combatió hasta el punto de que estuvo a punto de exterminarlos.

¿Habrase visto jamás un exabrupto de tal naturaleza?  Creemos que no se ha dado nunca un caso semejante en todo el mundo. Ni en el acuerdo de Inglaterra con los irlandeses, ni en El Salvador, ni en Guatemala, ni en ninguna otra parte que nosotros sepamos.

Imagínense ahora el nefasto precedente que ha sentado el presidente Juan Manuel Santos en Colombia. Que se puede pisotear las leyes impunemente,  que se puede derramar toda la sangre que se quiera, que se puede cometer masacres, asesinar niños, ancianos, envenenar con cocaína a la sociedad, especialmente a la juventud,  para después pactar alegremente con el gobierno un “borrón y cuenta nueva”. Y aún más: ser aureolados todavía con mayorazgos agroeconómicos, políticos y sociales.

Y como ñapa, los señores del Premio Nobel de la Paz que, como dijimos, aún no se sabe si por sugerencias implícitas del propio presidente Santos, acaban de nominar a alias “Timochenko”  a ese famoso premio otorgado a personajes mundiales tan importantes y benefactores de la humanidad como la Madre Teresa de Calcula, y que, por cierto, se lo negaron varias veces a Mahatma Gandi  que, como se sabe, fue uno de los hombres más grandes que ha producido  la humanidad, y quien libertó a su país de Inglaterra sin disparar un solo tiro, ni usar siquiera un alfiler para ello.

Así las cosas, los organizadores del premio Nobel de la Paz en Oslo, al nominar a “Timochenko” – ¡imagínense ustedes! – lo ponen al lado nada menos que del papa Francisco y de Ban Ki-Moon,  Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas. Y si finalmente le concedieran ese premio  al jefe narco-terrorista que, según la Fiscalía de Colombia tiene 117 órdenes de captura  por delitos de LESA HUMANIDAD,  pondrían por debajo de él a Mahatma Gandi. Y más horroroso todavía: colocarían a “Timochenko”  al mismo nivel de la Madre Teresa de Calcuta, una santa (santificada oficialmente por el Vaticano) que dedicó toda su vida a socorrer y ayudar a los pobres y enfermos que encontraba en la calle.

 

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